La «comida real» se refiere a los alimentos  ricos en nutrientes, buenos para la salud y plenos de sabor.

Sin embargo, en los tiempos que corren, se hace cada vez más evidente que la industria alimentaria no nos ofrece productos con esas caraterísticas. Y ¿por qué? Entre otras cosas, porque su objetivo no es proveer salud o prevenir enfermedades, sino incrementar las ganancias y para lograrlo necesita que los alimentos rindan/duren más y generen un mayor consumo por parte de la población.

Vamos a analizar un poco lo que nos ofrecen:

– Ingredientes baratos y de baja calidad, procesados con químicos (gomas, edulcorantes, azúcares, jarabe de maíz de alta fructosa, sales, colorantes, aceites hidrogenados) y vaciados de nutrientes para luego ser enriquecidos de manera artificial. Por ejemplo: jugos artificiales, gaseosas, harinas blancas, sopas deshidratadas, galletitas, snacks, chocolates, productos de panadería, golosinas, fiambres.

– Productos hechos para durar el mayor tiempo posible, aún a costa de emplear conservantes que tienen efectos nocivos para la salud. Ejemplos de estos aditivos son: nitrato de sodio, sacarina sódica, benzonato de sodio, glutamato de sodio presentes en enlatados y en prácticamente todos los productos procesados.

– Alimentos enriquecidos con escandalosas cantidades de azúcar, sal y grasas para esconder lo ínsipidos que son y generar adicción.

Otro tanto podriamos decir sobre la industria ganadera, la agrícola y la de los productos light… El asunto es ¿qué comemos entonces?

Por lo pronto y dada la dificultad de generar una alternativa autosustentable en la ciudad, aunque lentamente vamos tomando consciencia y cada vez se crean más posibilidades ecólogicas y saludables, podemos comenzar por retomar algo relativamente sencillo: COCINAR (y cocinar no es calentar el agua para una sopita instantánea). Lo cual requiere de una mejor elección de materias primas (integrales, sin aditivos químicos y si se puede, orgánicas) y una dedicación de un poco más que los 10 minutos que empleamos para abrir un paquete y devorarnos sus contenido.

Básicamente,  y más allá de cualquier propuesta radical que en la realidad difícilmente podamos alcanzar, lo importante es comenzar por algún lado: rallar unos tomates en vez de abrir una lata; exprimir dos naranjas en vez de disolver un polvo misterioso; elegir la mayoría de las veces una fruta (sí, algún esfuerzo hay que hacer) en vez del alfajor triple e incluso hacerte una buena «comida chatarra» pero con tus propias manos y tus propios ingredientes.

En síntesis, la comida real es esa que vos sabes de dónde viene, cómo fue preparada y qué función cumple. Es esa comida que no tiene publicidad.

 

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Andrea Lizarraga

Soy licenciada en nutrición (UNC), profesora de danza y de Tai Chi, terapeuta corporal (posgrado en el Instituto de Psicoterapia Corporal), especialista en alimentación plant based (posgrados en alimentación adulta y pediatría), formada en Mindful Eating (formación impartida por Jan Chozen Bays), meditadora, estudiante de Medicina Tradicional China y eterna buscadora de conocimiento y prácticas psico-espirituales.

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